21 noviembre 2010

Sanchez Dragó habla de los hervíboros.-

¿Con amor? ¿Por qué, pensarán algunos, recurro a esa palabra cuando quiero decir sexo?

Pues no… Amor, digo, a riesgo de caer en la cursilería, aunque ande a veces el mismo, por mi larga lengua, lost in translation, pues amor es lo que me espera en Kioto: el de mi mujer.

Pero hoy no escribo desde allí, sino hacia allí.

Estoy en la carlinga de un avión. Atrás queda el griterío. Naoko, que lo ha seguido con esa media sonrisilla que convierte su cara en un haiku, dice que los españoles lo politizan todo.

Benigno Morilla, escritor y estudioso de la astrología, me envió en agosto las fechas del calendario que, según la carta astral, serían significativas para mí.

“El 28 de octubre -decía- una oposición de Urano a Venus puede crearte algún malestar emocional”.

Me rasqué la cabeza. ¡Pero si nunca me he sentido tan estable, emocionalmente, como ahora! Pensé que no sería cierto. El horizonte estaba despejado.

El 27 de octubre estalló el jaleo. Al día siguiente era ya tiroteo.

No quito ni pongo en lo que a la astrología se refiere. Me limito a contarlo tal  como sucedió. Piense el lector lo que se le antoje.

Pero yo volví a rascarme la cabeza.
 
Venus sale de Urano
 
El 29 de octubre, desde Estambul, llamé a Benigno. Me dijo: “El tránsito de Venus dura poco. Enseguida cambiará el viento”.

Anteayer salí de casa para desayunar y me di cuenta de que había pajarillos, de que escampaba, de que, en efecto, cambiaba el viento…

Volví. Puse la radio. Supe, por ella, que el Defensor del Menor había desautorizado a quien unas horas antes había pedido mi cabeza. Tranquilícese el inquisidor. No lo llevaré a los tribunales por calumnia, injuria y atribución de un delito inexistente.

Busqué Orbyt. Manifiesto en mi defensa. No me reí. Al contrario. La gratitud empañó mis ojos.
Cambiaba el viento.

Por la noche un mensaje zumbó en el móvil.
Su texto era sucinto. Decía: “acabo de firmar el manifiesto. Un abrazo”. Rosa Díez.

Los dos políticos con más redaños del país son mujeres.

La otra lleva el nombre de lo que encarna: Esperanza.

Sí, cambiaba el viento.

Venus sale de Urano el 19 de este mes. A ver qué pasa.
 
Desde Shanghai con sexo y sin amor
 
Joaquín Campos, que gobierna un restaurante en el Manhattan chino y un blog en el Diario de Málaga, estuvo en Japón por primavera. Un día se fue a pasear por Osaka y volvió colérico.

Se había dado de narices con un vídeo club de seis plantas dedicado al cine porno. Había en sus escaparates un muestrario de carátulas de películas protagonizadas por niñas.

Por niñas, digo, de unos diez años, no de trece. Niñas en bañador. Niñas jugando a la pelota. Niñas con coletas. Niñas leyendo un libro.

Luego, en la fachada de otro edificio, se topó con un cartelón gigantesco que anunciaba revistas porno de menores.
Joaquín habló con Hatsune, “tendera de ropa radical”.

-Sí -le explicó aquella chica de uñas negras y pelo azul-. Hay mercado. En esa industria trabaja mucha gente.
-¿No es delito?

-No. Son sólo fotos de niñas que posan como si estuvieran con sus padres.

Japón, comenta Joaquín, da cobertura a las mentes depravadas.
Así están las cosas por allí.
 
Herbívoros... Los llaman, en japonés, sushoku dobutsu. Constituyen todo un fenómeno social y sexual. Son, también, una industria que mueve enormes cantidades de dinero. Tienen en la Red sus propias redes. Sus pautas de vida se imitan en otros países. Hay ya bibliografía sobre ellos.

¿De quiénes hablo? ¿A quiénes llaman herbívoros, en japonés, sus compatriotas?

Hablo de los jóvenes de sexo masculino. ¿De sexo? Es un decir, porque el setenta por ciento de esos jóvenes han renunciado a él. No tienen contacto carnal con mujeres. Tampoco lo hay entre ellos. No son homosexuales. Son, sencillamente, herbívoros. Se preocupan por su aspecto, muy atildado, y pueden ser amigos de las chicas, pero sólo eso. No hay noviazgos. No hay ligues. Los matrimonios decrecen. Las japonesas, decía hace poco una crónica publicada en Letras Libres, se disputan a dentelladas a los últimos varones carnívoros.

Curioso asunto. Volveré a hablar de él.
¡Japón!
Así están las cosas por allí.

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