08 mayo 2011

Cartas desde prisión de Pedro Varela.-

Este es el hombre del que ya he hablado en alguna ocasión, que han metido en la cárcel por editar libros que ni siquiera escribía él, se limitaba a venderlos... en España, sí... ha ocurrido en nuestro país. A continuación una de las cartas que ha escrito desde la cárcel:

He recibido tantas hermosas postales de todos vosotros, que cada día me deleito unos minutos observándolas, colgadas ante mí, tapando los fríos ladrillos de la celda.

Intento adivinar a qué se debe la ternura que emana de todas ellas, de artistas bien diversos y lugares tan distantes.

Tanto me placen que cada vez que me cambian de celda las desengancho con cariño y vuelvo a pegarlas en la pared con un trocito de celo sobre mi porción de mesita, tupida con medio centenar de las mismas.

Disfrutándolas, he llegado a la conclusión de que formamos, los que las envían y el que las recibe, una auténtica comunidad del buen gusto. Nuestra concepción del mundo ha de ser, sin duda, similar. ¿Cómo sería posible, de lo contrario, la armonía existente entre imágenes tan variopintas enviadas desde puntos tan lejanos unos de otros?

Todas ellas son exquisitas, llenas de sensibilidad y belleza. Espero que nuestro querido bloger sepa reproducir alguna muestra para ilustrar estas líneas y que os hagáis una idea del paisaje carcelario que me envuelve. Es de destacar que en estos cuatro meses de cárcel no ha llegado ni una sola vulgar o fuera de tono. Y este hecho, a destacar en un mundo como el actual en el que se impone cada vez más el feísmo, lo sórdido y lo mediocre, habla no tanto del preso que las recibe sino ante todo de sus amigos que se las hacen llegar y tienen el ojo para seleccionar aquello que creen acertadamente que me va a hacer feliz.

Como todas estas imágenes hablan por sí solas de que otro mundo es posible, de ahí que hoy queramos subrayar la importancia del arte y la belleza en nuestra vida cotidiana.

Siempre que puedo, escucho música clásica o tradicional. Esta vez me acompaña “El Mesías” de Händel, porque es apropiado para la Cuaresma y la Semana Santa en la que nos encontraremos cuando estas líneas vean la luz, y porque no tengo otra cosa, dada la escasez de discoteca en las actuales circunstancias.

Pero mis reflexiones de hoy abandonan el campo místico para adentrarse en un misterio no menos intuitivo: la belleza.

No hay nada más difícil que definir lo evidente, por eso describir lo que es bello puede resultar perogrullesco y sin embargo no tan simple.

A mi entender, el arte supone —o debería suponer—por definición lo bello y lo sublime, o, en cualquier caso, la capacidad de expresar sentimientos e ideas nobles.

En nuestra última entrevista con Arno Breker (descrito acertadamente como el Miguel Ángel del siglo XX) en el castillo de Nörvenich, en Colonia, con ocasión de su aniversario y poco antes de morir, acompañados por nuestro Juan de Avalos,(1) hice de intérprete entre ambos gigantes de la escultura, mientras se mostraban a Breker las excelentes obras creadas por el insigne extremeño para Cuelgamuros. En aquel breve encuentro, agobiados por la cantidad de amigos y admiradores allí reunidos, una frase me quedó grabada: “Kunst kommt von können!”, es decir, la palabra “Kunst” (arte) deriva filológicamente del verbo “können” (poder hacer, ser capaz de algo, etc.), de donde se extrae que para poder determinar si alguien es un artista o no lo es tendrá que demostrar que “puede”, que es capaz de algo y que sabe, más allá de un diletantismo intelectualoide o de querer convertirse en mero servidor del negocio internacional de los marchantes de arte, auténticos mercachifles que deciden a su antojo lo que es o no es digno de admiración. Los supuestos artistas se convierten así en meros prostitutos intelectuales —como se definía a sí mismo Picasso—. Imagino que nuestro vocablo “arte” proviene de artesanía y artesano, aquéllos que originalmente dominaban la tarea de crear con sus manos.

En cualquier caso, el arte en todas sus facetas es no sólo nuestro refugio espiritual, sino probablemente la única forma plástica de eternidad en la Tierra y la mejor forma de elevación del alma. Es también un reflejo de la Divinidad, única fuerza capaz de inspirar al ser humano para crear belleza de la nada.

Unos consiguen hacerlo con un palito y unos pelos de animal (pincel) utilizando una sabia mezcla de colores; otros con algo de barro o una tonelada de piedra y un cincel logran el milagro de explicar un mensaje sensible (“Desconsol”  de Clarà o “Els primers Freds” de Miquel Blay son sólo un digno ejemplo).(2)

La música es, con mucho, la más directa de las artes, pues sin necesidad de larga observación, sus melodías alcanzan instantáneamente las más íntimas fibras del alma, para transportarla de inmediato a diferentes estados de ánimo.

La indiscutible capacidad del ser humano, quizás por haber sido creado a Su imagen y semejanza, para producir cosas bellas con los materiales e instrumentos más variados y perentorios, es siempre admirable.

Por el contrario, cuanto más se aleja el ser humano de su Creador, mayores son los desperfectos estéticos que nos toca sufrir. Sean unos hierros retorcidos en la autopista, algo de ropa interior enganchada a un lienzo, los garabatos caprichosos de un descentrado o los sonidos infumables de una composición dodecafónica actual.

En última instancia se confirma el aserto de que el hombre es un dios cuando sueña y un miserable cuando piensa con el estómago. Nosotros añadiríamos que un artista sin amor en el corazón no puede crear belleza, y el amor sin Dios es a la larga inviable.

Reflejo de esta reflexión es el hecho incontrovertible de nuestra sociedad actual, en la que, como afirmábamos al principio, cuanto más se aleja del Creador y la Creación, mayor es el feísmo imperante, también en el arte.

Tengo ante mí una postal creada con unas simples tijeras recortando cartulina negra. ¡Qué habilidad en las líneas! ¡Qué entrañable mensaje reflejado en ambientes de familia, maternidades o escenas de campo! Su autor, Potuczek-Lindenthal, bien merece ser dado a conocer.

A su lado dos grabados realizados vaciando madera de Georg Sluyterman von Langeweyde: un caminante a la vieja usanza saluda a su paso a una joven asomada a la ventana al acercarse a un idílico molino de agua. ¿Quién no desearía volver a disfrutar de esos añorados momentos de sencillez? En la otra, un cazador cabalga por el verde bosque, aquí y allí, como le place.

La leal Frau Käthe me envía desde Hildesheim unas postales de “Dom” (Ernst von Dombrowski), cuyo museo, no lejos de allí, es muy digno de una visita. Con una ternura que conmueve, con sencillos dibujos a plumilla, refleja un mundo infantil que habría de ser eterno: niñas campesinas con sus muñecas, escenas y rostros de niños pequeños cargadas de naturalidad y que nos empujan a querer abrazar a los seres predilectos de Dios. Una de sus obras, “Trost” (Consuelo), se expresa ante mí: dos grandes manos bajan del cielo y acogen la cabeza de una figura femenina otorgando al fin serenidad y fe: el padre eterno protege a sus hijos que confían en él.

Por cierto que Hildesheim es además la ciudad del Tausendjähriger Rosenkranz (el rosal milenario), que aún sigue floreciendo a día de hoy tras renacer milagrosamente de las cenizas en que quedó convertido bajo los bombardeos terroristas Aliados de las últimas semanas de la guerra, cuando sus habitantes pensaban, quizás, haberse ahorrado el calvario de la devastación impuesto a la población civil alemana por los demócratas occidentales y orientales. A modo de símbolo, el milenario rosal, aparentemente carbonizado, floreció nuevamente en señal de esperanza.

Algo más grandes y dominando el centro de mi particular mural se encuentran dos obras maestras de Botticelli: “La Primavera” y “El Nacimiento de Venus”. Fueron las últimas obras de arte con muchas otras que pude disfrutar junto a una buena amiga, visitando la galería de los Uffizi en Florencia, los días anteriores a mi ingreso voluntario en la prisión de Lledoners a mediados de diciembre, y aprovechando uno de esos billetes low-cost de ese milagro del turismo de masas que supone Ryanair (la publicidad es gratuita…).

Se trata de una belleza arquetípica de nuestra cultura y del ideal renacentista: cabellos de oro, ojos azules, piel nívea, feminidad. ¿Habremos de avergonzarnos por ello?

A su izquierda, me relaja la serena belleza de una campesina de Estiria con su Dirndl(3) tradicional. En estas acuarelas Wolfgang Willrich refleja la nobleza de los rostros raciales, jóvenes o viejos y llenos de dignas arrugas, que a él tanto le gustaba encontrar en uno u otro Bauernhof.(4) Justo al lado se encuentra un esquiador de las tropas alpinas que bien podría ser el prometido de la anterior cumpliendo con su deber. Un Edelweiss, la flor de la nieve, nos recuerda que su vida transcurre de dos a tres mil metros de altitud.

Desde Suiza, una excelente pareja de baile, conociendo mi admiración por el artista, me envía un calendario de Albert Anker, el pintor que expresa el alma tradicional del pueblo helvético: una muchacha serena se trenza el pelo; unos niños hacen un muñeco de nieve; una niña posa con su cesta de labores; un grupo de colegiales se dirige a la escuela; la hija del pintor encantada con dos cachorros de gato; en el bosque profundo unos pillastres intentan atrapar una ardilla utilizando un sombrero; una joven campesina da de comer a las gallinas frente al caserón; las féminas de la familia se bañan en el lago; una naturaleza muerta con un trozo de queso Emmental —no podía ser otro—, patatas cocinadas con piel y un buen pan campesino nos hablan de la sencillez de la vida en montaña; una anciana se calienta las manos a la lumbre y los colegiales regresan haciendo frente a una tormenta de nieve en pleno diciembre. ¿Qué es lo que añoramos del mundo al que nos transportan estos cuadros? Lo auténtico, la carencia de artificialidad y de prisas, la cercanía a la naturaleza y los deseos del Creador.

Más a la izquierda, un magnífico mural de Sorolla nos muestra la celebración de una fiesta popular en la Castilla profunda, ¿vistiendo los trajes maragatos?

No podía olvidarme de la acuarela que una combativa amiga me envía del monasterio Klosterneuburg junto al Danubio, no lejos de Viena, pintado en 1911 por un joven Hitler para ganarse su sustento al quedarse huérfano. Es hermoso. Es la otra faceta, desconocida, del personaje histórico. Junto a ella otras dos docenas de viejos amigos de toda Europa, combatientes por la libertad de expresión, me envían su solidaridad mientras se manifiestan junto a otras 250 personas ante la prisión de Berlín donde cumple condena Horst Mahler, para dirigirse acto seguido a la cárcel francesa de Valenciennes, de donde sale, por fin, Vincent Reynouard; un camarada de escaladas, me regala un aguafuerte a color de las estrechas y sugestivas calles de Rothenburg O.T., pequeña y romántica ciudad cuyos rincones descubrí con Almut en 1989. ¿Quién pudiera volver a recorrer sus empedrados callejones y murallas?

Una Piedad de Van Gogh; un Defregger; un magnífico paisaje de alta montaña ibérico del pintor Carlos de Haes; un grabado de la casa de Durero en Núremberg, y un poster del mismo que me hacen llegar desde Madrid, etc. No quiero alargarme, pero deseaba agradecer de esta guisa a todos cuantos habéis embellecido mi estancia en este lugar donde por saber demasiado —y pretender difundirlo— permanezco preso.

Antes de despedirme, otra reflexión. Junto a las literas reina un poster con un hermoso arco iris enviado desde el Burgo de Osma. Cuando llueve, las gotas de agua combinadas con la luz solar producen un curioso fenómeno luminoso: el arco iris. Insólita resulta la belleza natural de este mágico fenómeno sobre prados y bosques verdes con un fondo de montañas. Al contemplarlo un día tras otro me pregunto, ¿no habríamos de considerarlo también una obra de arte? Aunque el artista no sea ser humano alguno sino el mismo Creador disponiendo las cosas en el gran lienzo de la Naturaleza, los científicos nos dirán que tienen una explicación lógica y nos hablarán de la reflexión luminosa y la descomposición de colores. Pero con ello sólo demostrarán que no han entendido nada, pues la poesía se habrá secado en sus corazones.

Así pues, volvamos al principio, ¿qué es lo bello? Quizás la mejor forma de entender lo que es la belleza y el verdadero arte sea precisamente disfrutar de él. Demasiadas explicaciones resultan superfluas. Si no nos hablan instantáneamente es bien porque la obra no vale nada o porque nuestro corazón está marchito y endurecido por las cosas y asuntos mundanos.

Porque el arte, como la belleza, nos acercan a Dios en nuestro paseo —otros prefieren hablar de peregrinar— por este globo terráqueo, un hermoso lugar y una mala deuda. (5)

NOTAS

(1)    Juan de Avalos es el autor de los cuatro evangelistas bajo la gran cruz del Valle de los Caídos y de La Piedad, entre otras obras, que se encuentra en la basílica.

(2)    “Desconsuelo” de Clara se puede disfrutar en el parque de la ciudadela de la Ciudad Condal y “Los Primeros Fríos” de Blay en el Museo de Arte Moderno cercano.

(3)    Dirndl es el nombre dado al vestido campesino femenino en Austria y Baviera y que además de vestirse los domingos para ir a misa o bailar, se sigue utilizando hoy como vestimenta elegante para asistir a conciertos y actos sociales.

(4)    Un Bauernhof vendría a ser lo que en Cataluña se llama “masía”.

(5)    Según G. K. Chesterton en su biografía sobre Francisco de Asís.

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