04 julio 2011

Los que regresaron del frío.-

Era un 24 de febrero del 2001, cuando un bebé canadiense de trece meses, que se llamaba Erika Nordby cometió la mayor travesura de su corta vida, el tipo de trastada infantil que debería haberla matado sin remisión. Mientras su madre dormía... Erika se escapó de la cuna y de la casa por la puerta trasera. Fuera, hacía veinticuatro grados bajo cero y ella ya no fue capaz de encontrar el camino de regreso al calor del hogar. Sólo llevaba puesto su pañal por toda protección.

Fue encontrada cuatro horas después, convertida en un minúsculo montoncito de carne azul en medio de la nieve y el hielo, con una temperatura corporal de 16 ºC. Estaba, por supuesto, clínicamente muerta... llevaba al menos dos horas en parada cardiorrespiratoria. Pero como un intento in extremis de resucitación cardiopulmonar obtuvo algún resultado, la enviaron con la máxima urgencia al Hospital Universitario de Alberta en Edmonton. Y allí, con técnicas de medicina intensiva avanzada y amplia experiencia en casos de hipotermia, consiguieron que saliera adelante.

Erika tiene ya diez años y no recuerda nada, ya que era demasiado pequeña para recordar; pero está bien, no le falta ninguna extremidad y no le han quedado secuelas. Como siempre en estos casos se habló de milagro (entonces, ¿estos otros qué fueron?) y hasta le dedicaron una canción. Erika gateó hacia el frío, murió y regresó de entre los muertos agarrada a la mano de la ciencia. Y ella, a cambio, le hizo un regalo a la ciencia: la demostración palmaria de que es posible morir de frío y retornar sin daños significativos. De que, en último término... la animación suspendida podría tener alguna posibilidad más allá de la pura ciencia-ficción.

El caso de Erika no es el único... pero sí, el mejor documentado y más extremo. En el 2006, por ejemplo, un funcionario japonés llamado Mitsutaka Uchikoshi se fue con unos colegas a hacer una barbacoa en lo alto de los Montes Rokkō (que es un destino habitual para excursionistas). Cuando llegó la hora de bajar los demás lo hicieron en teleférico, pero él decidió darse un paseo por la nieve hasta el valle. Uno podría pensar que el señor Uchikoshi, de 35 años de edad, se había pasado un pelín con el sake... aunque según los médicos sólo consumió agua mineral junto con el resto de productos propios de una barbacoa. El caso es que se perdió... resbaló sobre el hielo y se partió la pelvis. Lo encontró un montañero veinticuatro días después, ensangrentado y medio sepultado por la nieve.

Sin embargo... Mitsutaka no estaba muerto. Debería haber muerto por al menos media docena de razones (entre ellas hipotermia, hemorragia interna, deshidratación, embolismo graso e inanición), pero presentaba algo de pulso, muy débil y una temperatura corporal de 22 ºC. Trasladado a un hospital de Kobe, se repuso también por completo de sus lesiones y de haber estado expuesto a la intemperie con temperaturas tan bajas. En su caso no llegó a morir como la pequeña Erika (mantenía la actividad cardiopulmonar, aunque reducida a un mínimo) lo cual es, si nos ponemos... casi aún más asombroso. Según sus declaraciones: "al segundo día, el sol se había ido... Estaba en un campo, y me sentía muy bien. Eso es lo último que recuerdo."

Los casos de Erika y Mitsutaka son excepcionales. Lo normal en semejantes circunstancias es morir definitivamente: la exposición al frío extremo puede acabar con una persona en pocos minutos. Al menos hasta hace algún tiempo, los procedimientos operacionales de la OTAN para tiempos de guerra sólo contemplaban la búsqueda de un piloto derribado sobre el Atlántico Norte en invierno durante un máximo de una hora, ya que prolongarla más sería una pérdida inútil de tiempo y recursos muy necesarios durante un gran conflicto, pues sin duda el pobre tipo estaría ya pajarito, sumergido en agua a cerca de 0 ºC.

Habitualmente, la hipotermia es un viejo enemigo que nos lleva con facilidad y una extraña dulzura, esa sensación de bienestar que mencionó el superviviente japonés. Se ha llamado de siempre la muerte dulce, pues al parecer hay un momento en que se deja de sentir el frío atroz y éste se ve reemplazado por una especie de fuerte borrachera muy agradable (señal de que te estás muriendo). No es raro encontrar a los congelados con una sonrisa en la cara, que muchos creen rictus, pero según quienes han logrado sobrevivir se correspondería más bien a ese singular colocón. Y sin ropa: por algún motivo cerebral desconocido, tendemos a desnudarnos paradójicamente cuando nos estamos muriendo de frío.

Más allá de la muerte clínica (el momento en que se interrumpe la actividad cardiopulmonar) los tejidos congelados tardan bastante en morir del todo. Lo que ocurre realmente cuando nos congelamos es una progresiva ralentización y finalmente paralización de los procesos metabólicos que nos mantienen vivos pero también de los de la muerte (pues unos y otros no son sino reacciones químicas que sólo pueden ocurrir dentro de un determinado rango de temperaturas, como cualquier otra). Con lo cual estamos ante una especie de parálisis inducida, que permite a algunos animales adaptados evolutivamente congelarse y descongelarse con normalidad.

 Sin embargo, en humanos (y en todos los seres de sangre caliente en general) la cosa se complica... pues dependemos de una serie de complejos equilibrios térmicos para que nuestros órganos no sufran daños. De manera muy notoria, la parada cardiorrespiratoria (con la consiguiente interrupción del flujo de oxígeno y nutrientes) provoca rápidamente graves lesiones isquémicas en el cerebro, que suele congelarse más tarde y por tanto sigue teniendo necesidades de suministro... el encéfalo queda destruido antes de detenerse también, lo que imposibilita la recuperación posterior. Esto es precisamente lo que hace extraordinario el caso de Erika, que estuvo parada durante más de dos horas.

Conforme la temperatura sigue descendiendo y baja de cero grados, se produce otra lesión masiva y definitiva: la destrucción celular. Por un lado, se forma hielo entre las células, separándolas y provocando daños mecánicos y químicos. Por el otro, si la velocidad de congelación excede la pérdida de agua por ósmosis a los espacios intercelulares, el citoplasma forma cristales que rompen la membrana y dañan la célula irreversiblemente. Un cuerpo congelado, pese a su aspecto posiblemente saludable, tiene las células destruidas y no se puede recuperar. Está definitivamente muerto.

 La foto de la izquierda, son embriones humanos congelados.

Hace muchos años que sabemos cómo conservar algunos tejidos en frío sin que sufran esta clase de daños. En la actualidad se congelan normalmente materiales humanos como los óvulos, el semen, los embriones o la sangre para su utilización posterior. Fue James Lovelock (el de la Hipótesis Gaia) quien se dio cuenta por primera vez de que el daño causado a los glóbulos rojos de la sangre durante la congelación estaba estrechamente relacionado con el ritmo de pérdida de líquidos por ósmosis... y propuso un mecanismo sencillo para impedirlo mediante la modificación de su salinidad. A Lovelock se le recuerda también por la invención del detector de captura de electrones, todo lo cual le pone intelectualmente bastante por encima de la mayoría de sus críticos.

Los órganos para transplantes también se suelen transportar refrigerados (aunque no congelados). En la actualidad, diversas técnicas médicas enfrían al paciente para reducir su metabolismo y ralentizar así los daños causados por un proceso patológico mientras se intenta corregir... por ejemplo, en la terapia cardio-hipotérmica. 

La idea de congelar a un ser humano para resucitarlo con posterioridad es aún más antigua... y se deriva directamente de la momificación y de la observación de las propiedades conservantes del enfriamiento (por ralentizar o detener todas las reacciones químicas, incluyendo los metabolismos) y de los animales que se pueden hibernar e incluso congelar sin sufrir daños cuando vuelve el calor. El concepto ya lo había pensando Ben Franklin y los cosmistas rusos, pero no resultaría plasmado en su forma moderna hasta los años 60 del siglo XX... a raíz de los trabajos del científico norteamericano Robert Ettinger y de Evan Cooper... ambos propusieron la congelación controlada del cuerpo humano para preservarlo durante un tiempo indefinido.

Los motivos para investigar estas técnicas son variados y potentes: la obligación ética de proteger la vida de un paciente por todos los medios posibles hasta que aparezca en el porvenir una manera de curarlo... la posibilidad de hacerlo hasta que se descubra algún modo de detener o revertir el envejecimiento... facilitar vuelos espaciales a grandes distancias u otras actividades de muy larga duración... avanzar en la medicina de urgencias; mejorar radicalmente la tecnología de conservación para transplantes, permitiendo así el surgimiento de bancos de órganos mucho mejores que los actuales y muchos más. Sus críticos también son fuertes y diversos, extendiéndose desde numerosos ámbitos de la ciencia (que lo consideran una remota posibilidad futura y las ofertas comerciales actuales, un simple fraude) hasta la religión, siempre recelosa ante todas estas cuestiones de la vida, la muerte y la reproducción que escapan radicalmente de sus tradiciones y capacidades. 

Es un concepto sencillo. Consiste en congelar un cuerpo humano o al menos su cerebro a la temperatura del nitrógeno líquido, en la que puede perdurar durante un periodo de tiempo bastante largo, de tal manera que sea posible su descongelación y reanimación en el futuro. A partir de aquí, empiezan las dificultades... y no sólo de índole científico-técnica, sino de orden humano. Por ejemplo... es muy difícil hacer predicciones a largo plazo. Cualquier cálculo a más de veinte o treinta años vista resulta sumamente aventurado y a más de cincuenta, fantasía.

La conservación del cuerpo y sus condiciones puede verse afectada por numerosos hechos frecuentes en la historia de la humanidad, como guerras y revoluciones de importancia o transformaciones sociales, políticas, ideológicas, religiosas y económicas. El hecho de que en la actualidad estos intentos sean cosa de entidades privadas incrementa la incertidumbre, pues éstas se hallan característicamente sujetas a vaivenes del mercado, la moda, cambios de modelo político-económico o simples cuestiones de éxito y fracaso empresarial. Cuanto mayor sea el plazo antes de la reanimación, mayores serán estas inseguridades: las pirámides de Egipto han perdurado cuatro milenios y medio, pero sus contenidos fueron saqueados antes de que transcurriese el primero (y por tal razón los siguientes faraones optaron por esconder sus enterramientos en desiertos remotos como el Valle de los Reyes, con parecido éxito: léase ninguno). Y eso que aquella fue una sociedad especialmente estable y ordenada... más lenta y con una duración mucho mayor que cualquiera de las modernas.

Técnicamente, el problema está también lejos de ser resuelto a pesar de la esperanza que nos aportan casos como el de Erika o Mitsutaka. Ambos... y sobre todo la primera, demuestran que es posible un proceso de congelación sin daño cerebral isquémico significativo... sin embargo, la razón exacta de que salieran tan bien parados aún no está clara. Hace poco, investigadores del Centro Fred Hutchinson de Investigación sobre el Cáncer propusieron que pudo deberse (paradójicamente) a que ambos quedaron acostados boca abajo sobre la nieve, con la nariz y la boca bloqueadas al menos parcialmente, y por tanto privados de oxígeno en alguna medida; al parecer, esta privación en condiciones de frío extremo podría lanzar un proceso denominado animación suspendida por anoxia inducida. Y aseguran haberlo aplicado con un 97% de éxito usando unos gusanillos cuyo metabolismo es muy parecido al nuestro.

En todos los países del mundo, congelar a un ser humano hasta pararlo sin reanimarlo inmediatamente a continuación se considera un homicidio. Y aunque no fuera así, ya estarían los comités de ética dispuestos a echarse las manos a la cabeza. Esto significa que sólo se puede congelar un cadáver, concepto que puede variar según países, costumbres y prácticas generalmente admitidas, pero que siempre implica parada cardiorrespiratoria previa y certificado de defunción. De la misma forma que no se permite la eutanasia en la mayoría de países por mucho que el paciente la pida, tampoco se permite la criogenización en vivo (pues, a efectos legales, sería una forma de eutanasia; no existe ninguna legislación que prevea un tercer estado suspendido además de vivo o muerto, y alguien que no respira ni palpita ni presenta actividad cerebral está técnicamente muerto, con lo que hallaríamos ante un homicidio por eutanasia).

Esto complica enormemente toda posible investigación y convierte a la criopreservación integral, a día de hoy, en una forma de enterramiento... lo que genera sus propios problemas con las religiones, pues muchas de ellas no la admiten como práctica funeraria. Esto no es lo más grave. Lo más grave es que... al tener que esperar necesariamente a que el paciente esté legalmente muerto, se dificulta muchísimo cualquier posible intento futuro de reanimación (porque los tejidos están ya muy dañados y los procesos de descomposición, iniciados).

Pero, ¿está la criopreservación lo bastante avanzada como para empezar a plantearse estos problemas? Pues depende de quien lo diga. El mero hecho de que estas investigaciones estén tan severamente restringidas, retrasa toda la disciplina. En la actualidad existe la demostración de que una persona puede pararse en frío (como Erika, que no es la única) sin sufrir daños cerebrales dignos de mención. Paralelamente, se está trabajando en las llamadas técnicas de vitrificación y en el uso de crioprotectores (sustancias similares a las que producen de manera natural los seres que son capaces de congelarse y descongelarse sin daños). Pero si alguien plantea directamente la pregunta "¿es posible hoy por hoy congelar a un ser humano con la perspectiva razonable de reanimarlo en el futuro?" la respuesta es "muy probablemente, no". 

Sin embargo, hay matices de ese "no". En primer lugar, (dado que no podemos prever el futuro) no es posible saber si en tal o cual década será posible reanimar cuerpos que hoy en día consideramos difuntos y bien difuntos... sí es posible predecir, que cuanto menos dañado se encuentre el sistema nervioso central, más fácil resultará. Por otra parte... es posible que incluso pequeños avances en vitrificación y crioprotección representen saltos importantes en la posibilidad de criogenizar un cuerpo humano con expectativas sensatas de que se pueda resucitar. En tercer lugar... una apertura legal a la suspensión voluntaria (con las garantías que se quiera) podría acelerar significativamente estas investigaciones sin tener que estar pendientes de accidentes espantosos e incontrolados como el de la niña Erika. Que volvió del frío de la mano de la ciencia y... si ella pudo, otros podrán. 

Resumiendo: Da miedo pensar que pueda ser posible la vuelta de Walt Disney!!

1 comentario:

  1. Joder al fin un artículo largo, excelente por cierto. Pero podrías publicar algo sobre el follón de la sgay de estos días.

    Gracias y ánimmo.

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