20 junio 2012

Varias vidas en una.-

Por cuántas vidas hay que pasar en la misma vida??

Algunos de los escenarios ya ni existen... algunos personajes se marcharon para siempre y pudieron despedirse... otros desaparecieron sin dejar rastro. Nosotros fuimos efímeros también en alguna novela personal nunca escrita, quizás... con suerte, secundarios de lujo. Porque claro... ¿cuánto tiempo creímos que duraría aquella amistad? ¿o aquella primera novia? O ¿la infancia? que, como ya dijo Ana María Matute, "dura mucho más que el resto de la vida".

A medida que pasan los años y echamos una mirada hacia atrás, o al espejo que es memoria viva, es cuando se percibe lo breve del tiempo, la propia insignificancia contra la que luchamos día a día, aunque solo sea por el deseo de perpetuarse en el recuerdo de los propios, de ese entorno que, después de todo, es juez y público de las hazañas cotidianas, y de los triunfos, (o las derrotas), los imprevistos.

¿Quién iba a pensar que aquel o aquella persona de quien fuimos inseparables pudiera con el tiempo convertirse en una llamada molesta o inoportuna que deseamos despachar de forma efectiva y rápida?

La realidad se transforma, y vamos cumpliendo años, y aunque el espíritu permanezca… se siguen cumpliendo años. Para los niños tus ídolos ni existen o ya se han hecho viejos... tus paisajes han sido re-decorado y allí donde había un mundo poblado por una época, ahora existe otro mundo casi irreconocible, quedan los edificios pero las formas, los modos, los contenidos han sido sustituidos.

La madurez es una responsabilidad a la que hay que llegar tarde o temprano y nuestra sociedad la fuerza y la instala en el aburrimiento eficaz... evadido fugazmente por algún espectáculo, un encuentro o una cena. Perdiendo el adolescente, el niño y el joven que fuimos perdemos la erótica del mundo, la pasión con la que un día nos arriesgamos a vivir, a equivocarnos... para proceder, estrategas y pausados, a entrar en el ritual de las convenciones, aquellas que te permiten la supervivencia mediana, pero que te alejan de lo que fuimos, de lo que verdaderamente somos, y te sumergen en un sopor dominante.

Un día fuimos espontáneos, y quizás tampoco perdimos tantas batallas como para dejar de serlo... pero la bruma gris de nuestros tiempos acaba empantanando el intelecto, matando el instinto... y la costumbre se convierte en hábito, y este, a su vez, en razón.

Queda la cultura, algún cineasta, los escritores, la historia, y la esperanza escondida de que algún día resurja en nosotros... o en el decorado, cierto fuego revivificador, algo que difícilmente pasará... está todo tan idiotizado...

Ni el pesimismo ni la melancolía ejercen presión sobre nuestra vida, nada de eso somos. Pero sí lo ejerce el aburrimiento... el mío y el de mis coetáneos. Un aburrimiento acompañado, activo, productivo, si quieren eficaz, un aburrimiento adecuado para las figuraciones en las que permanentemente vivimos instalados.

Y ¿qué es lo que ha pasado?

El mundo se ha llenado de histéricas dominantes... de calzonazos-mascota y de viles tiranos de lo que se debe decir y pensar, y de lo que no, un mundo muy correcto en la superficie, pero trivial hasta la saciedad.

Y mientras, mi padre, ya jubilado, está cuidando sus olivos en un pueblo de Badajoz y yo estoy sentado en una cómoda silla de un piso amplio de un barrio de clase media de Madrid. Mi vida y la suya no se han parecido en casi nada. Y no me cabe la menor duda que, aunque más dura... su vida también ha sido más auténtica.

Por todos estos motivos deseo una revolución, ¿Cuál? No lo sé, porque cuando miro a mi alrededor y veo narcisismo egocéntrico por doquier, vuelvo hacia mis adentros y pienso: La vida es esto y nada más.

De esta manera, vamos viviendo nuestras vidas en una misma, para finalmente entender que todo era mucho más sencillo

1 comentario:

  1. Un escritor sajón dijo una vez que lo menos frecuente en el mundo es vivir, que la mayoría de gente existe, que eso era todo...

    Me descoloca mucho este post.

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