12 junio 2017

Cuando volar era glamouroso.-

Hoy día, uno de los actos más miserables y apesadumbrados que hay es el subirse a un avión.

Sólo contemplando los edificios de los aeropuertos desde fuera, dotados de las arquitecturas más feas y las modernidades del peor gusto que se puedan encontrar, posiblemente nacidas de delitos urbanísticos y cohechos, ya te puedes ir haciendo una idea de lo que te vas a encontrar dentro. 


Nada más entrar te encuentras con una especie de centro comercial, igual de desagradable que el resto, repleto de cafeterías, tiendas y restaurantes, todo esto aderezado con salas de espera y pasillos por los que transita gente cargada de maletas. Si diera la casualidad de que el aeropuerto estuviera funcionando sin ningún problema grave, la escena sería la misma que te encontrarías si fueras de tiendas.

Si los vuelos sufren alguna de sus casuísticas más habituales; cancelaciones, overbooking, retrasos, extravío de maletas... te puedes encontrar con escenas dantescas.

Una manifestación en una esquina con gente exaltada dando voces, otros que han tenido que hacer noche durmiendo tirados por los suelos, una huelga de personal en la otra esquina, acumulación de suciedad, montones de maletas apiladas.

Una vez atravesado el caos, tienes que esperar una larga cola para facturar, pagas unas tasas abusivas y pasas a la sala de espera a sufrir los retrasos convenientes.

Cuando por fin toca embarcar, tienes que cruzar detectores de metales, que descalzan, rayos-x, te obligan a vaciar que los bolsillos y si la alarma suena que castigan como si fueras el delincuente más buscado.

Cuando tras esta odisea consigues llegar al avión, te encuentras con que el aparato no te trasmite una confianza muy especial. Tal vez los 747 tenga un aspecto impresionante, pero qué casualidad, ese avión nunca te toca. El tuyo es una especie de "torpedo" con alas al que han encajado un par de motores a reacción, cuyo aspecto nunca acabas de ubicar en la categoría de aparato que se pueda mantener en el aire. Por dentro no suelen diferir mucho de un autobús de línea.

En la primera época de la aviación comercial, la mayoría de aviones tenían un aspecto imponente. Sólo con ver los, ya invitaban a querer subir a inspeccionar los por dentro. En la foto un Boeing-307 Stratoliner:


La realidad es que el aspecto externo no tiene nada que ver con las prestaciones del avión, siendo los actuales modelos mejores a todas luces. Lo que sí es verdad es que los motores de hélices son más seguros que los redactores y que llevar cuatro motores siempre es mejor que llevar dos. En la foto el majestuoso Boeing-377 Stratocruiser:


Aunque las líneas del Lockheed Constellation parezcan futuristas, sus prototipos datan de 1943. Es uno de los aviones comerciales más bonitos que jamás han existido:


Y si tenías suerte, igual podrías embarcar en un hidroavión de pasajeros que te dejaba directamente en alguna playa de las Bahamas. En la foto un Boeing-314 Clipper:


Cuando subes al avión, hoy en día dices las últimas palabras que dicte tu confesión y cometes tres actos suicidas, uno detrás de otro. El acto suicida que es despegar en un avión a reacción cargado de combustible, el acto suicida que es tragarse ese mejunje de los aviones que también llaman comida y el acto suicida de aterrizar; sobre todo cuando el avión va costo de combustible porque viajasen un vuelo barato y se han ahorrado costes recortando márgenes de seguridad. Y todo ello para acabar como empezamos si hay suerte, otro infumable centro comercial, otro cache o policial y otra reclamación de maletas, que son propensas a viajar por países exóticos sin su dueño.

Antes, la publicidad de las aerolíneas hacía un hincapié especial en lo seguro y agradable que era volar en un entorno familiar, pintando escenas que hoy parecen surrealistas; un niño al que se le salta los ojos al ver la bandeja de apetitosa comida que le traen, botellas de champán, atentas azafatas siempre sonriendo, ahuecándote la almohada o sirviéndote más café y el capitán, que en cualquier momento podía pasarse a arroparte si te quedabas dormido:


Otro pilar fundamental del marketing adhirió eran las azafatas, bellas señoritas que siempre estaban sonrientes, eran en gran medida la imagen pública de la compañía y la cara amable que entraba en contacto con el cliente. Hasta principios de los años 60 se buscaba en ellas una imagen elegante, a lo Jacqueline Kennedy, atractiva a la vez que recatada:


En los años 60, empezó la proliferación de los viajes de trabajo por ejecutivos, sobre todo hombres en clase business, las aerolíneas se esforzaron en que pareciera que subir a un avión fuera como entrar en la mansión de Hugh Hefner, con azafatas recién salidas de Playboy:


Hoy, ver algo así sería políticamente incorrecto e inmediatamente se montaría una gresca mediática con ministras-miembras indignadas y presentadores de televisión escandalizados:


Aunque parezca mentira, un tiempo en el que volar tenía algo de glamour. Las aerolíneas se veían obligadas a competir con otros medios de transporte, muchos de ellos más seguros y placenteros como podían ser los trenes o los transatlánticos. El glamour era parte esencial de su estrategia comercial.

Hoy día, ya se ha abandonado el glamour y se ha dado un giro al bajo coste. El marketing se centra en recordar lo barato que resulta volar, a pesar de que para ello se tenga que prestar un servicio cutre, recortando en costes que afectan tanto a la seguridad como a la comodidad del vuelo.

La política sólo se cambia cuando haya algún accidente que requiere un lavado de cara para contrarrestar sus efectos negativos, nos bombardean por todos los medios con mensajes que no recuerdan lo seguro que es volar en avión, ya que saben muy bien que volar sigue siendo una lotería macabra con una media de 200 accidentes y 2000 muertos todos los años, prácticamente desde 1945.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Related Posts Plugin for WordPress, Blogger...